Lo primero que llama la atención es siempre fila tras fila de bambú. Se alzan en silencio frente a los estantes negros, con su veteado beige pálido desplegándose a lo largo de la luz, como si un bosque entero de bambú hubiera sido reducido a un tamaño que puedes llevar a casa.
Tarimas de bambú, revestimientos de bambú, lamas de bambú: la terminología sencilla en inglés de esas etiquetas señala distintas posibilidades para distintos espacios. Un balcón puede cubrirse con un material cálido bajo los pies; una pared destacada en el salón puede imponerse con ritmo; un patio o terraza puede aprovechar su resistencia al viento y a la lluvia. Es más estable que la madera maciza, un poco más viva que la piedra, crece rápidamente y vuelve a brotar tras la cosecha: una afirmación natural de su carácter ecológico.
Al elegirlo, pásale la mano por encima. Un buen bambú se siente denso y liso al tacto, con su veteado ascendiendo nudo a nudo y su color uniforme y libre de imperfecciones. Los tonos claros armonizan con interiores de estilo japonés y wabi-sabi; los acabados oscuros carbonizados combinan mejor con el minimalismo moderno.
Traiga un material natural al interior y la vida parece ralentizarse un poco. Bajo sus pies está la veta de los años del bambú.


